
Una de las primeras y más importantes lecciones que aprendí en Dubái sobre cómo funciona este país es que aquí las normas se cumplen.
Porque si el día que tuve problemas con la policía aquí, en lugar de ser la policía de Dubái hubiera sido la de España, casi con toda seguridad la cosa no habría pasado de una simple llamada de atención.
Y lo peor es que no puedo alegar que no supiera que lo que hacía estaba prohibido. Yo sabía perfectamente que estaba haciendo algo mal, ya que había carteles indicando una prohibición clara, había cámaras, pero aún así, imagino que impulsado por mi pasado en España, pensé “va, no va a pasar nada”. Pero sí. Pasó.
Moverse por Dubái no siempre es fácil

Cuando me mudé a Dubái, una de las primeras cosas que noté fue el fuerte tráfico que hay en la ciudad en las horas punta.
Porque aunque la ciudad está pensada, en gran parte, para moverse en coche por sus enormes avenidas, hay demasiados vehículos realizando las mismas rutas. El resultado, atascos constantes y pocas zonas habilitadas para moverse por la ciudad cómodamente.
Por eso me compré un patinete eléctrico. Para mí era perfecto. Lo usaba para ir al gimnasio, al supermercado, al centro comercial o moverme por distancias cortas sin depender de la disponibilidad de taxis o metro.
Era rápido, práctico y cómodo; y me evitaba perder tiempo buscando aparcamiento o tragándome los atascos que salpican las principales arterias dubaitíes.
En aquel momento vivía en Dubai Marina y entrenaba en Triple MMA, en Jumeirah Lake Towers. Las dos zonas están muy cerca, pero para ir de una a otra no hay ni un solo paso de peatones que permita llegar de forma más o menos directa.
La forma más habitual para cruzar de un lado a otro es atravesar la estación de metro de DMCC y salir por el otro lado. Justo allí fue donde sucedió todo.
La estación de metro donde todo empezó

En mi día a día, cada vez que iba a entrenar, cruzaba la estación de metro con el patinete. Pero siempre me bajaba para realizar el cruce.
Había carteles por todas partes indicando que estaba prohibido montar en patinete eléctrico o bicicleta dentro de la estación. Y, al principio, los respetaba. Todo el mundo lo hacía, y yo también.
Además, muchos días entrenaba en hora punta, que es cuando más lleno está el metro, así que no tenía ningún sentido subirse al patinete.
Pero luego cambié de horario. Empecé a entrenar por la noche, haciendo boxeo y kickboxing, y a esa hora la estación estaba prácticamente siempre vacía.
El cruce eran unos cinco minutos andando por un pasillo largo, limpio, silencioso y con cintas transportadoras como las de los aeropuertos.
Y claro, la tentación de cruzarla sin bajar del patín, aumentaba los días en los que no me cruzaba con un alma. Todas esas noches pensaba lo mismo: “Si me subo al patinete, en veinte segundos estoy al otro lado”.
No había nadie, así que no veía peligro por ningún lado. No parecía que pudiera molestar a nadie. Ahora bien, eso no significaba que dejara de estar prohibido. Así que dudaba si hacerlo o no.
Un día, al volver del entrenamiento, decidí hacerlo. Me subí al patinete dentro de la estación y traté de cruzar con el máximo cuidado posible.
Cuando veía que no había nadie, aceleraba. Si llegaba a una zona donde podía aparecer alguien o no tenía visibilidad, me bajaba y continuaba caminando. En mi cabeza nada me decía que podría salir mal: No estoy molestando a nadie y la estación está vacía, así que no pasa nada.
Y la primera vez, efectivamente, no pasó nada. Nadie me dijo nada. No apareció ningún guardia ni recibí ninguna llamada de atención de nadie.
Y ese fue precisamente el problema. Porque cuando haces algo mal una vez y no pasa nada, es fácil repetirlo, así que al día siguiente lo volví a hacer por segunda y última vez.
El momento en el que apareció la policía

La segunda vez que crucé en patinete por la estación, vi de lejos a un policía viniendo hacia mí. Venía con la mano levantada, como indicando que parara. Obviamente, me bajé del patinete al instante. Yo ya sabía que la había liado.
El pasillo estaba prácticamente vacío. Lo único que se escuchaba era el aire acondicionado y los pasos del policía viniendo hacia mí por la cinta transportadora. Mientras se acercaba, yo caminaba con el patinete al lado, intentando parecer tranquilo, aunque no lo estaba.
No sabía si iba a advertirme, multarme o algo mucho peor. En Dubái, el respeto a la autoridad es absoluto. Además, no están acostumbrados a que se salten las normas, así que era imposible predecir lo que estaba por llegar, aunque para un europeo como yo, aquello solo fuera una pequeña infracción sin importancia.
“Esto es Dubái, aquí no puedes romper las reglas”
Cuando el policía llegó hasta mí, lo primero que me dijo fue algo que se me quedó grabado. Me vino a decir que esto era Dubái y que aquí no podía romper las reglas.
No le discutí ni intenté justificarme. No tenía sentido. Había carteles y yo los había visto, así que sabía que estaba prohibido.
Después me pidió el Emirates ID y de inmediato entendí que no me había pillado por casualidad. Me dijo que el día anterior ya me había visto infringir la prohibición por las cámaras y que ese día lo había vuelto a hacer.
Por si tenía alguna duda, me confirmó que en Dubái las cámaras no están de decoración. Alguien las mira, revisan lo que sucede las 24 horas y si haces algo que no debes, intentan localizarte.
Yo intenté justificarme diciendo que tenía prisa y su respuesta fue “pues te vas a quedar un buen rato conmigo”. No sé por qué dije nada, ya que se notó que mis palabras no le habían hecho nada de gracia.
El cuarto de dentro del metro

Después de unos pocos minutos, el policía me llevó a un cuarto dentro de la estación. Un aparte que no está visible para los pasajeros.
Allí había otro agente y empezaron a hablar entre ellos en árabe, sin que yo entendiera ni una sola palabra. El ambiente era muy tenso y, recuerdo, hacía un frío brutal.
Yo venía de entrenar, iba con camiseta corta y estaba helado. Aun así, el frío era lo que menos me preocupaba en ese momento. No tenía ni idea de lo que iba a pasar a continuación.
Me preguntaron por qué lo había hecho, a dónde iba, dónde vivía y qué estaba haciendo allí. Yo respondía como podía, con el corazón a mil.
No sabía si aquello iba a quedarse en un susto o si podía convertirse en algo más serio. La incertidumbre me estaba carcomiendo. Porque sí, sabes que es un país seguro, pero también que toda esa seguridad existe porque existen normas y sanciones que se respetan y se aplican.
El miedo real no era la multa

La sensación que tuve todo el tiempo que estuve con él es que el policía estaba enfadado de verdad. Y, sinceramente, lo entiendo. Yo estaba en su país, había visto claramente una norma y la había incumplido a sabiendas.
En un momento espetó que la multa que tendría que hacer frente sería de 2.000 dirhams. Y aunque la cifra no me hizo ninguna gracia, sentí alivio. Porque mi mayor miedo no era pagar, sino no saber hasta dónde podía escalar la situación.
En Dubái hay muchas normas que para un europeo podrían parecer menores y que, aquí, tienen consecuencias legales serias.
Grabar en público sin permiso, grabar a ciertas personas o filmar edificios del gobierno, por ejemplo, puede considerarse una ofensa grave al país.
Por eso, durante todo el tiempo que me tuvieron retenido en esa sala, lo único que pensaba era: “¿Y si esto se considera algo más grave de lo que yo creo?”.
La multa, dentro de lo malo, era el menor problema. Además, por suerte, tras unos cuantos minutos, el ambiente se relajó bastante. Seguí hablando con ellos. Les expliqué que había sido un error y prometí que no lo volvería a hacer.
Además, tuve suerte de que el compañero del policía que me había parado parecía más tranquilo. Juraría que incluso le caí algo simpático ya que, al final, conseguí que me me perdonaran la multa.
Eso sí, la advertencia que me dieron antes fue muy clara: si me volvían a pillar, esta vez no habría perdón.
Salí de aquella sala todavía con las manos algo temblorosas. Terminé de cruzar la estación muy despacio, con el patinete al lado y, por supuesto, sin subirme.
Desde ese día no he vuelto a atravesar el metro en patinete ni una sola vez. Lección aprendida.
Lo que aprendí sobre las normas en Dubái
Ese día entendí algo importante: Dubái funciona tan bien porque las normas se cumplen. No porque la gente sea perfecta ni porque no exista la tentación de hacer cosas mal, sino porque las consecuencias son reales.
La ciudad está limpia, es segura, hay orden, puedes dejar cosas en una mesa sin miedo, caminar de noche con tranquilidad, moverte sin esa sensación de inseguridad que existe en otras grandes ciudades. Pero todo eso tiene una base: vigilancia, autoridad y respeto por las reglas.
Las cámaras están ahí por algo. Los carteles están ahí por algo. Y los agentes tienen autoridad real.
Por qué no conviene jugar con las normas en Dubái

Cuando vienes de España o de cualquier país europeo, hay ciertas cosas que normalizas como cruzar por donde no debes, saltarte una pequeña norma pese a la advertencia de un cartel. En definitiva, pensamos que si no molestas a nadie, no pasa nada.
Pero en Dubái esa mentalidad puede salirte cara. No hace falta que tengas mala intención para meterte en un problema. A veces basta con no entender bien el contexto.
Por eso, si te mudas a Dubái o vienes de visita, mi recomendación es sencilla: respeta las normas aunque te parezcan exageradas.
Si un cartel dice que no puedes hacer algo, no lo hagas. Si no sabes si algo está permitido, pregunta. Y si dudas, mejor no arriesgues.
Conclusión: en Dubái las reglas van en serio
Mi problema con la policía en Dubái acabó en un susto. Podría haber acabado en una multa o incluso en algo peor.
Todavía pienso que tuve suerte, ya que, además, todo aquello me sirvió para entender de verdad cómo funciona la ciudad.
Aquí no vale eso de “no pasa nada”. Sí pasa, y pasa rápido. El orden que se respira en Dubái no se mantiene por inercia ni casualidad. Detrás de la sensación de seguridad que impera en el Emirato hay normas estrictas, vigilancia constante y una cultura donde la autoridad se respeta muchísimo.
Desde aquel día tengo mucho más cuidado con lo que hago y pregunto cada vez que tengo una duda sobre si algo que para mi es normal, puede suponer un salto cultural inaceptable.
Porque si algo he aprendido viviendo en Dubái es que puedes disfrutar muchísimo de la ciudad, moverte con libertad y sentirte seguro, pero siempre dentro de sus reglas.