
Presentar mi solicitud para entrar en Y Combinator era una de esas cosas que tenía en la cabeza desde hacía tiempo.
Para quien no lo sepa, Y Combinator es una de las aceleradoras de startups más importantes del mundo. Por ella han pasado empresas enormes y, para muchos founders, entrar en YC es una especie de sello de validación sobre el potencial de sus proyectos.
Si consigues entrar, te ofrecen inversión, te meten en un programa de varios meses en San Francisco, te rodean de otros founders muy potentes de los que se puede aprender muchísimo y te ayudan a enfocar mejor tu empresa para que llegue lo más alto posible.
Yo apliqué y me rechazaron. Para ser más exactos, no pasé ni a la entrevista. Y, aunque el principio me molestó, hoy sé que todo aquel proceso me ha servido muchísimo.
Aquello me obligó a pensar mucho sobre qué estaba haciendo mal, cómo estaba presentando mi idea, a quién estaba vendiendo, qué importancia le estaba dando al producto frente al marketing y, sobre todo, si estaba actuando con la velocidad que exige montar una startup.
En este artículo te cuento mi experiencia aplicando a Y Combinator, qué idea presenté, cómo intenté diferenciarme de otros proyectos y cuáles fueron los aprendizajes más importantes que me llevé.
Qué es Y Combinator y por qué tantos founders quieren entrar

El modelo de la catalogada como la aceleradora de startups más prestigiosa y selectiva del mundo es invertir en startups en fases muy iniciales.
A veces estas son empresas que ya tienen una bolsa de usuarios y otras apenas son una idea con un equipo detrás.
El atractivo es claro: YC aporta financiación, pero lo que más valor tiene es todo lo que ofrece alrededor.
Durante el programa trabajas durante varios meses rodeado de otros founders, partners e inversores, recibes feedback constante, te ayudan a entender mejor tu mercado, te empujan a hablar con clientes, te preparan para levantar inversión y te obligan a moverte rápido.
Además, pertenecer a Y Combinator te da acceso a una red muy difícil de conseguir por tu cuenta. Por eso la competencia es brutal.
Reciben miles y miles de aplicaciones en cada convocatoria y el ratio de aceptación es bajísimo. De hecho, se suele decir que es más difícil entrar en Y Combinator que en algunas universidades de élite. Yo sabía que no iba a ser fácil, pero aun así pensé que tenía una oportunidad.
La idea con la que apliqué: un banco crypto-friendly

Mi tesis era un banco crypto-friendly para resolver un problema muy concreto: Hoy muchas empresas relacionadas con cripto tienen problemas enormes para acceder a los servicios de la banca tradicional. No porque estén haciendo algo ilegal, sino porque para los bancos son clientes de alto riesgo.
Un exchange, una plataforma de derivados, una empresa Web3 o cualquier compañía que toque cripto obliga al banco a hacer controles adicionales: más compliance, más seguimiento, más riesgo regulatorio y, en definitiva, más trabajo. De ahí que muchos bancos prefieran no complicarse.
Les sale más barato rechazar este tipo de clientes que crear un departamento especializado para entenderlos y gestionarlos bien, lo que, por otro lado, abre, a mi juicio, una interesantísima oportunidad de negocio.
Mi idea inicial no era empezar directamente como banco, porque montar un banco desde cero es extremadamente complejo. La estrategia era comenzar con una pasarela de pagos cripto con comisiones muy bajas.

Por ejemplo, ofrecer a empresas una comisión del 0,1 % frente al 3 % que pueden pagar en otros procesadores. Si una empresa pasa de pagar un 3 % a pagar un 0,1 %, la diferencia es enorme.
Después, sobre esa base, la idea sería ir construyendo servicios financieros: cuentas, depósitos, transferencias y pagos entre empresas. Básicamente, crear la infraestructura bancaria que necesitan las compañías que hoy están mal atendidas por el sistema tradicional.
Así que, aunque Y Combinator me rechazó, sigo pensando que la tesis es buena, ya que el mercado, el problema y la oportunidad existen y no han sido cubiertas.
Aplicar como solo founder
Un punto clave de experiencia es que apliqué solo. Soy solo founder y además tengo perfil técnico.
Eso tiene ventajas y desventajas. La ventaja es que puedo construir el producto porque no dependo de otra persona para lanzar una primera versión. Puedo programar, iterar y probar rápido.
La desventaja es que muchas aceleradoras e inversores suelen preferir equipos con varios cofundadores. A sus ojos, un equipo permite repartir la presión, combinar habilidades y reducir ciertos riesgos.
Aun así, no quería que eso me frenara. Si la idea era buena y la presentación se planteaba bien, tendría opciones.
Cómo intenté diferenciar mi solicitud

Una de las cosas que tenía más claras era que no podía hacer una solicitud genérica. Cuando miles de startups aplican a la vez, tienes que destacar de alguna manera. Si haces lo mismo que todos, eres uno más y, si eso sucede, estás fuera.
En la solicitud había una parte en la que tenías que enviar un vídeo presentándote, así que pensé hacer algo diferente a la mayoría.
Me llamo Hugo Pino y pensé: “Es una vergüenza llamarme Pino y no saber hacer el pino”, así que voy a grabar el vídeo haciendo el pino contra una pared.
La idea era jugar con una frase en inglés relacionada con darle la vuelta a la industria bancaria. Algo como “I want to turn the banking industry upside down”, mientras yo estaba boca abajo.
Era una tontería, sí, pero tenía intención. Quería que, si alguien revisaba decenas de vídeos parecidos, al menos recordara el mío. No sé si funcionó. Probablemente no lo suficiente, porque no me cogieron, pero sigo pensando que la lógica era buena: diferenciarse es capital.
Diferenciarse no es una opción
Uno de los aprendizajes que más tengo interiorizado es que, si no te diferencias, no consigues nada importante.
Si haces exactamente lo mismo que el resto, obtienes resultados parecidos al resto. Y eso en startups no suele ser suficiente.
Hay un libro muy conocido, La vaca púrpura, que habla precisamente de esto. Si ves una vaca normal en el campo, no te llama la atención. Si ves una vaca púrpura, la recuerdas.
En un entorno saturado, ser bueno no basta. Tienes que ser memorable. Por eso también intenté meter pequeños detalles diferenciales en la solicitud.

Por ejemplo, hice un panel de analíticas y puse a los partners de Y Combinator con una estética inspirada en Jesucristo y los doce apóstoles. Era un juego visual. Algo creativo. Un detalle que no lleva mucho tiempo preparar, pero que podía hacer que alguien se acordara de mi solicitud.
Como digo, mi objetivo era que la solicitud no pareciera una más. Aunque el resultado no fue el que esperaba, sigo convencido de que, en estos procesos, la diferenciación es clave. Así que lo que cambiaría si pudiera echar el tiempo hacia atrás, no es la intención, sino la ejecución.
La sensación antes del rechazo
Cuando envié la solicitud estaba bastante confiado. Había trabajado la idea, preparado el vídeo, revisado la aplicación. Incluso contraté a un profesor de inglés para mejorar cómo explicaba el proyecto y practicar una posible entrevista.
Porque el proceso de YC tiene varias fases: Primero revisan tu aplicación y, luego, si les interesas, pasas a una entrevista muy rápida, de unos diez minutos, donde te hacen preguntas directas y deciden si entras o no.
Yo estaba preparándome ya para esa entrevista. Pensaba que lo que les presentaba era potente, por lo que tuve la misma sensación que tienes cuando sales de un examen en el que piensas que lo has bordado.
Sin embargo, suspendí. No pasé a la entrevista. Me rechazaron en la primera fase.
Cómo creo que funciona la selección

No conozco por dentro el sistema exacto de revisión de Y Combinator, pero, por lo que he leído y escuchado, son varias las personas que revisan las aplicaciones y que, posteriormente, las puntúan. Las mejores pasan a entrevista y las demás se quedan fuera.
Mi sensación es que mi aplicación pudo quedarse en una zona intermedia. No fue lo suficientemente mala como para pensar que lo que tenían delante no tenía sentido, pero tampoco lo suficientemente buena como para destacar entre las mejores.
Puede que la puntuaran con un seis cuando el corte estaba en ocho; que la idea no se entendiera tan bien como yo pensaba; que el mercado les pareciera interesante, pero la ejecución no; que pesara el hecho de que solo fuera founder o, sencillamente, que hubiera cientos de aplicaciones mejores que la mía.
La conclusión importante es otra: si no pasé, es porque no fue suficientemente buena. Y eso hay que aceptarlo.
El rechazo me obligó a revisar mi actitud
Cuando recibí el correo de rechazo, me molestó. No voy a hacerme el duro. Pensaba genuinamente que tenía opciones reales.
Después de la primera reacción, ya en frío, intenté verlo con otros ojos. ¿Qué puedo aprender de este rechazo?, ¿qué estaba haciendo mal?, ¿qué podía mejorar para la próxima? Y, de todas esas preguntas, fueron surgiendo aprendizajes importantes.
Algunos tienen que ver con Y Combinator y otros son mucho más amplios y se pueden aplicar a cualquier startup que aspira a dar el salto. Veamoslas.
Aprendizaje 1: el envoltorio importa más de lo que pensaba
Yo soy técnico. Soy programador. Y durante mucho tiempo he tenido una mentalidad muy de producto.
Pensaba que si haces un producto bueno, el marketing viene solo. Pero no es así. El producto importa, mucho, pero el envoltorio también.
Cómo lo presentas, cómo lo explicas, qué narrativa construyes, qué sensación generas, qué problema comunicas, qué oportunidad haces ver… Un buen producto mal explicado puede parecer mediocre, y uno normal con una narrativa potente puede parecer mucho más atractivo.
Esto se ve en todas partes. En el supermercado, por ejemplo, puedes comprar unos cereales “fitness”, con proteína, sin azúcar y con fibra, y pagar tres veces más que por otros cereales normales.
¿Por qué? Por el envoltorio, por la percepción, por cómo te hacen sentir al comprarlos. Por muchos motivos.

Pues bien, con las startups pasa algo parecido. No basta con tener una idea buena. Hay que venderla bien, y creo que uno de mis fallos fue no explicar mi tesis con suficiente fuerza.
Yo sabía lo que quería construir, pero quizá no lo comuniqué de una forma tan clara, ambiciosa y atractiva como debía.
Aprendizaje 2: el marketing no es secundario
Otro cambio mental importante fue entender que el marketing no es algo en lo que se piensa al final, cuando el producto ya está pulido.
No es “primero construyo y luego ya venderé”. Eso puede funcionar en casos muy concretos, pero no es la norma. Incluso cuando un producto es buenísimo, el marketing sigue existiendo.
A veces el marketing se consigue con el boca a boca, otras con podcasts, otras a través de recomendaciones, otras mediante la visibilidad en prensa… Siempre hay una vía por la que la gente descubre, entiende y desea un producto.
Un producto excelente puede hacer que los usuarios hablen de él, pero para que eso ocurra, primero alguien tiene que encontrarlo, probarlo y entender por qué es especial.
Mi error fue centrarme demasiado en mejorar el producto y demasiado poco en venderlo. Algo que, hoy, he aprendido tiene un peligro enorme.
Puedes pasarte meses construyendo algo que nadie te ha pedido o puedes crear funcionalidades que tu cliente ideal ni siquiera valora. Si no eres capaz de hacerles ver cómo puedes ayudarles y crearles una necesidad, nada importa.
Aprendizaje 3: hay que construir con feedback real

Durante un tiempo, en vez de salir agresivamente al mercado, me encerré demasiado en el producto. Lo analizaba y lo sobre analizaba y me decía a mí mismo que todavía no estaba listo. Que había que mejorar esto, que faltaba aquella función, que el producto aún no era suficientemente bueno.
Una mentalidad muy exigente que puede convertirse en una trampa ya que, si no hablas con clientes reales, no sabes qué mejorar. Solo estás imaginando mientras tratas de ponerte en su lugar. Y muchas veces imaginas mal.
Me ha pasado antes. Construir, construir, construir, lanzar y descubrir que al mercado no le interesa lo tuyo.
Ahora lo veo clarísimo: hay que hablar antes con clientes, conseguir feedback rápido y mejorar desde ahí. No desde una cueva ni desde la inseguridad ni desde el perfeccionismo.
Aprendizaje 4: estaba hablando con el cliente equivocado
Este fue uno de los aprendizajes más importantes. Como no sentía que el producto fuera suficientemente bueno, no estaba yendo a mi cliente ideal.
Mi target real son empresas medianas, compañías que facturan varios millones y que necesitan una solución seria para pagos cripto. Sin embargo, hablaba con negocios mucho más pequeños, como tiendas minoristas o vendedores de productos digitales. Personas que no representaban mi mercado objetivo.
¿Por qué lo hacía? Porque era más cómodo, daba menos miedo y no me sentía todavía con autoridad para ir a empresas grandes. Pero eso era un error.
Si hablas con el cliente equivocado, recibes feedback equivocado. Y si construyes en base a ese feedback, acabas creando un producto para alguien que no es tu cliente ideal.

Por ejemplo, añadí funcionalidades pensadas para usuarios más cripto-puros, más antibanco, que querían controlar sus propias wallets y operar de forma completamente descentralizada.
Pero ese no es mi cliente objetivo. El mío busca simplicidad, quiere que los fondos estén custodiados, operar de forma fácil y resolver un problema de negocio, no vivir pendiente de doce palabras semilla. Esa diferencia cambia totalmente el producto.
Aprendizaje 5: velocidad, velocidad y velocidad

Otro aprendizaje clave fue la velocidad. En una startup, moverse rápido es vital.
No solo construir rápido, sino también decidir rápido, responder rápido, probar rápido y aprender rápido.
En la aplicación de Y Combinator había una pregunta relacionada con inteligencia artificial. Pedían compartir una conversación con una herramienta de IA de la que te sintieras orgulloso, para ver cómo la usabas en tu día a día.
Yo la vi y pensé que me daba pereza responderla. Además, muchas de mis conversaciones con ChatGPT estaban en español. Así que no la completé. Mirándolo ahora, creo que fue un error. La IA está en el centro de todo el ecosistema startup actual.
Si YC te pregunta cómo usas IA, ignorarlo puede restar puntos. No contestar una pregunta así es tirarse piedras sobre tu propio tejado.
Desde entonces cambié mi forma de trabajar. Ahora intento usar más la inteligencia artificial en inglés, mejorar mi comunicación en inglés y crear contenido técnico para llegar a una audiencia más global. Porque si quieres jugar en un mercado internacional, el inglés no es opcional.
Aprendizaje 6: pensar más grande
Otra lección que me llevo es que tengo que pensar más grande. No solo en la visión del producto, sino también en a quién me atrevo a vender.
A veces no es síndrome del impostor exactamente lo que se siente. Es más bien una sensación de todavía no soy lo suficientemente bueno, lo que tengo no está perfecto, no puedo ir a hablar con esa empresa, no estoy en condiciones de pedir una reunión con alguien grande… Muchas autotrabas que no te llevan a ningún sitio.
Si esperas a sentirte preparado, llegas tarde. Una startup no se construye esperando a tener permiso emocional. Se construye saliendo al mercado, hablando con gente, recibiendo rechazos, ajustando y volviendo a intentar.
No necesitas tener el producto perfecto. Necesitas resolver un problema real suficientemente bien y mejorar desde ahí.
Aprendizaje 7: adaptar la narrativa al momento
El último gran detalle que cambiaría en una próxima aplicación de este tipo es la narrativa.
Ahora mismo, la inteligencia artificial es el gran tema del ecosistema startup. Eso no significa que haya que meter IA de forma forzada en cualquier producto, pero sí que, si la IA tiene un papel real o potencial en tu empresa, debes estudiarlo y explicarlo.
En mi aplicación no lo hice. Y no porque no crea en la IA, que creo muchísimo, sino porque como no iba a ser el foco inmediato del producto, no le di importancia.
Ahora creo que fue un error de comunicación. No se trata de mentir ni de disfrazar la empresa. Se trata de explicar mejor hacia dónde puede ir el producto y por qué encaja con las tendencias actuales del mercado.
Los inversores no solo compran lo que tienes hoy. Compran la narrativa de lo que puedes llegar a construir.
Lo que haré diferente en la próxima aplicación
Tengo claro que voy a volver a postular. No porque necesite desesperadamente entrar en Y Combinator, sino porque quiero esa oportunidad. Quiero el entorno, el networking, los partners, los founders, la presión y la intensidad.
El dinero vendría bien, claro, pero ahora mismo no es lo más importante. Estoy solo, tengo gastos bajos y puedo seguir construyendo durante bastante tiempo. Lo que más me atrae es estar rodeado de gente muy buena y acelerar mi aprendizaje.
Eso sí, para la próxima aplicación cambiaré varias cosas, explicaré mejor la tesis, haré más fuerte la narrativa, mostraré más tracción real, hablaré con clientes más grandes, usaré mejor la IA como parte del proceso y del producto y, sobre todo, llegaré con más feedback del mercado.
No solo con producto. Producto más distribución, más marketing y más ventas. Eso es lo que quiero corregir.
Por qué no considero que el rechazo sea una derrota
Que Y Combinator me haya rechazado no significa que mi idea sea mala ni que yo no pueda construirla, sino que mi presentación no fue suficiente.
A veces necesitas una bofetada de realidad para corregir antes de que sea tarde. De hecho, estoy convencido de que, si me hubieran aceptado, habría seguido arrastrando malos hábitos como poner excesivamente el foco sobre el producto, muy poco en la distribución, con una narrativa poco clara y muy poco contacto con el cliente ideal.
El rechazo me obligó a mirar todo eso de frente. Y eso, aunque al principio duela, sé que el aprendizaje es muy valioso.
Conclusión: aplicar a Y Combinator me sirvió aunque me rechazaran
Mi experiencia aplicando a Y Combinator no acabó como quería. Me rechazaron antes de la entrevista, pero el proceso me dio algo importante: claridad.
Me hizo ver que no basta con tener una buena tesis, hay que saber venderla; no basta con construir producto, hay que distribuir; tampoco con mejorar funcionalidades, hay que hablar con clientes reales; ni con diferenciarse de forma creativa, hay que diferenciarse de forma estratégica.
Y, sobre todo, no basta con querer construir algo grande. Hay que actuar como alguien que está construyendo algo grande.
Así que voy a seguir intentándolo. Con Y Combinator y sin Y Combinator, porque al final, montar una startup va de eso. Te caes, te levantas, te vuelven a rechazar, ajustas, aprendes y sigues hasta que algo funciona.